El caso Barrancones ha dejado en evidencia que Chile tiene que salir de un atolladero. El país necesita crecer para alcanzar el postergado sueño del desarrollo y cumplir con el imperativo ético más importante de cara al Bicentenario: Derrotar la pobreza. Pero no se puede crecer sin energía. El asunto no admite coartadas: Sin energía no hay desarrollo.
El tema tiene obviamente muchas aristas pero hay dos que sobresalen con nitidez. La primera es que la necesidad de energía no puede ser al costo de sacrificar el medio ambiente. La segunda es que la energía no cae del cielo: Hay que generarla.
Lo anterior lleva de inmediato a mirar el perfil de la matriz energética chilena: La proyección actual (según datos oficiales) es que de aquí a 20 años más, la energía hidroeléctrica va a mantener su porcentaje en el total sin grandes variaciones (en torno al 30%), el carbón va a saltar al doble (desde un 15% a un 30% aproximadamente) y la energías no convencionales van a crecer desde una muy baja participación actual a una cifra levemente arriba del 15%.
Mientras tanto la energía chilena va a seguir siendo comparativamente muy cara y la matriz cada vez más “sucia”. No hay duda que le generación termoeléctrica genera efectos nocivos (lo que los economistas llaman “externalidades negativas”) muy altos. De partida, va a contramano de todos los esfuerzos para mitigar el calentamiento global y, en general, tiene significativos impactos adversos en el entorno en que se emplazan las centrales.
¿Por qué no apostar todas las fichas a las llamadas energías no convencionales, entre otras, viento, sol, geotermia y mareas? Por varias razones: En primer lugar, porque no es cierto que éstas carezcan de impactos ambientales. Por ejemplo, la energía eólica supone extendidas superficies para instalar las aspas de los molinos y cuando se intentó en Chile explorar la geotermia el reclamo ambientalista no se dejó esperar.
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